lunes, 30 de mayo de 2016
Fabián y el caos
sábado, 28 de mayo de 2016
La chica danesa
miércoles, 25 de mayo de 2016
Carol
Patricia Highsmith, Carol, Colofón / Anagrama, México, 2016.
lunes, 23 de mayo de 2016
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viernes, 25 de julio de 2008
Los ascensos a la miseria humana

Antonio Ortuño, Recursos humanos, Anagrama/ Colofón, Colec., Narrativas Hispánicas, Núm., 425, México, 2008, 171 pp.
La nueva novela de Antonio Ortuño, Recursos humanos, que quedó finalista del premio Herralde de editorial Anagrama, debe ser leída por diversas razones. Me refiero a que quiero aportar mis muy modestas observaciones del por qué la novela de Ortuño debe ser leída. Para empezar, una obsesión muy particular: el lenguaje. En lo primero que me fijo para juzgar si debo continuar con la lectura de una obra literaria es en la prosa, el manejo del lenguaje, en la propuesta que el autor hace con estas herramientas. Esto podría parecer lógico y hasta una tontería, pero no lo es cuando proliferan escritores que lo último que saben hacer es escribir o son escritores inflados por los grupos y amigos poderosos que los apadrinan (en el caso de Ortuño, incluso su carrera literaria es honesta: hace no mucho me encontré con unos ejemplares de la revista El Zahir que publicaban en Guadalajara nuestros amigos en común, José Israel Carranza y Víctor Ortiz Partida, donde aparecen unos curiosos poemas salidos de la pluma e inspiración del mismísimo Antonio Ortuño).
La prosa de Ortuño, pues, va de sentencias solas o en párrafos cortos a oraciones largas que se van desdoblando en observaciones o reflexiones de los avatares en la vida de su personaje. Su prosa está alimentada por un lenguaje claro y certero, sin las pretensiones de utilizar palabras extrañas o desconocidas o de recurrir, como saben hacer lo que no saben qué hacer, a anacronismos que dan la impresión de estar leyendo a un autor del siglo XIX en este valemadrista siglo XXI.
Después, la historia. El personaje principal de Recursos humanos, Gabriel Lynch, es un pariente cercano de Álex Faber, el a su vez protagonista de la primera novela de Ortuño, El buscador de cabezas (Planeta, 2006), no sólo porque el autor sea el padre de ambos sino porque me los imagino juntos, haciéndose compañía, como buenos cuates –si es que alguno de ellos aceptara ser amigo del otro--, uno como el reverso complementario del otro. Los dos son unos outsiders, unos apestados, unos marginados, que hacen saber su incomodidad ante el mundo con actitudes y gestos de freaks, con los que sólo logran ser más ignorados. “Carezco de poderes, pero me sobra el odio”, dice Gabriel Lynch como si esta máxima fuera la razón absoluta por la cual se toma la libertad de relatar la historia de su odio que es también la historia de su amor.
Leo cada oración de Recursos humanos y la imagino silabeada con el particular tono de Toño. No sé si sea por eso que la historia de Gabriel Lynch me desternilla de risa, tampoco sé si Toño la haya escrito para que el lector se divirtiera, pero estoy casi seguro que sí. Porque Lynch es un personaje particular, él cree, ¡vaya pretensión!, que su tragedia personal le debe interesar a todo el mundo. Pero, como a todo buen ingenuo, hay que decirle que al mundo no le interesa la tragedia personal de nadie. Lynch pasa desapercibido, él mismo sabe que los otros perciben en su actitud y en su persona cierta inocuidad. Y sin embargo, el propio Lynch lo reconoce en alguna página al decir: “Cuento a los vientos la historia de mi odio”. ¿A quién? A nadie. Sólo a los vientos.
La ironía de Ortuño es demoledora. Ningún estrato de esa pequeña sociedad que es la empresa donde trabaja el envidioso, colérico y traicionero Lynch se salva de los dardos de la crítica social que Ortuño agudiza con su sentido del humor. Porque aquí las clases sociales sí importan, los adinerados han estudiado en escuelas privadas que les abren las puertas sin tocarlas y ellos son los que siempre consiguen las mejores tetas y los mejores culos de las mujeres más deseadas. Porque en las páginas de Recursos humanos los mejores puestos tienen también, claro, las mejores oficinas en los pisos altos del edificio del consorcio donde Lynch labora: sólo así se entiende el epígrafe tomado del Génesis. Ortuño sabe que el ascenso estrepitoso a las glorias de la vida puede trocarse en una comedia y que la burla ajena es más divertida. Y toda esta miseria humana inicia en las familias disfuncionales que lo mismo crean parásitos humanos las recatadas familias conservadoras que las pobretonas donde no hay ninguna muestra de afecto entre sus miembros.
Una sociedad fría y recatada a base de adoctrinamiento eclesiástico es lo que se refleja en la encarnizada y vana lucha que Lynch tiene con su jefe y rival, Mario Constantino Castañeda. Si bien el pleito entre estos podría germinar en el resentimiento de clases, lo cierto es que tiene otras razones más válidas: las pasiones bajas y ruines de la lascivia, es decir, quién de los dos se queda con la mujer más cachonda, o cuál de los dos consigue el puesto anhelado en la empresa sin haber pasado tantos años escalonando de puesto en puesto. Así, pues, no es casual que el protagonista de Recursos humanos se llame Gabriel y su enemigo Constantino.
De los juveniles poemas que publicó en El Zahir, Ortuño ha pasado a escribir estas novelas, y un libro de cuentos, El jardín japonés (Páginas de espuma, 2007), que son verdaderas bombas de la reciente literatura mexicana. Así, Ortuño ha dejado de ser una promesa de nuestra literatura para convertirse en uno de los integrantes del dream-team de la nueva literatura mexicana.
*Texto leído en la presentación del libro el jueves 24 de julio, en Pachuca, Hidalgo.sábado, 5 de julio de 2008
¿Y a mí, quién me cuenta esa parte de la historia?

martes, 15 de enero de 2008
La invasión

Ricardo Piglia, La invasión, Anagrama / Colofón, Col. Narrativas hispánicas, No. 404, México, 2006, 194 pp.
El más reciente libro de Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1940) La invasión, realmente es el primero de su carrera literaria. En 1967 este volumen de cuentos ganó el entonces prestigioso premio de Casa de las Américas (Cuba), lo cual le dio cierta notabilidad en el ambiente literario latinoamericano a su autor.
Piglia ha añadido a esta segunda edición cinco relatos más: “El joyero”, “Desagravio”, “En noviembre”, “El pianista” y “Un pez en el hielo”. Así, se reúnen quince cuentos en total en los que se distinguen las minuciosas lecturas que Piglia ha hecho de Faulkner, Hemingway y Onetti, primordialmente, y de las cuales ha sacado las mejores características para emplear en su narrativa. Lo mismo ocurrió en su siguiente libro de cuentos Nombre falso (1975), por lo cual estos dos volúmenes están hermanados quizá sin pretenderlo. Sin embargo, a lo largo de su carrera literaria, que ya cuenta con novelas imprescindibles como Respiración artificial (1980) y ese deslumbrante anfibio llamado El último lector, Piglia se ha destacado por ser un inclasificable pues sus antecedentes directos dentro del canon literario son difíciles de dilucidar. Añadido a lo anterior, su alto nivel intelectual aún no le allega los todos los lectores que merece ubicándose en un lugar más cercano a los llamados escritores raros.
Los temas de estas historias oscilan continuamente: las pasiones impulsan a muchos de los personajes a situaciones en las que quizá nunca se verían si no estuvieran enamorados, la remembranza de los juegos infantiles y los fracasos de los marginados sociales. También se incluyen un par de ficciones históricas como el genial “Las actas del juicio” y “Mata-hari 55” sobre las actividades subversivas para derrocar a Perón. Es en el relato “La invasión”, que presta su nombre para titular el libro, donde aparece por primera vez Emilio Renzi, una especie de alter ego que después protagonizará Respiración artificial y hará una fugaz aparición hacia el final de la polémica Plata quemada (1998). En “La invasión”, al entrar a una diminuta celda Renzi invade la intimidad de dos presos de distintas razas, pero la intensidad y la fluidez con la que Piglia la escribe resisten hasta que surge el digno y asombroso final.
“Un pez en el hielo”, el relato con el que cierra el tomo y que hasta ahora había permanecido inédito, anticipa o, bien, puede ser un epílogo de ese otro libro genial de Piglia, El último lector (2005). Me explico: toda la historia, donde vuelve aparecer Renzi ahora persiguiendo y al mismo tiempo huyendo del fantasma de un amor mientras disecciona los últimos días de vida del poeta italiano Cesare Pavese, realmente es un pretexto para hablar de la escritura y en particular del diario de Pavese, tal y como lo hace en El último lector con la escritura de Borges, Kafka, Poe, Flaubert, Tolstoi y otros más. Aquí, Piglia vuelve a fusionar sus dotes de experimentado narrador y lúcido ensayista para demostrar porqué es uno de los escritores más vanguardistas.
Con La invasión, Piglia viene a confirmar su lugar—muy merecido, hay que decirlo—dentro de esa rara especie de escritores que Darío llamó “raros” y que hoy llamamos excéntricos, entre los cuales se cuentan Roberto Artl y Filisberto Hernández, tan apreciados por Piglia. Sin duda, Piglia es el mejor escritor argentino vivo y uno de los más sólidos de la lengua española de la actualidad.



