miércoles, 1 de marzo de 2017

Los Contemporáneos en El Universal



Los Contemporáneos en El Universal, introducción de Vicente Quirarte, investigación hemerográfica de Horacio Acosta Rojas y Viveka González Duncan, FCE / El Universal, México, 2016.


Los escritores de la generación conocida como Contemporáneos son muy citados y mencionados en los anales de la literatura mexicana del siglo XX y es por eso que se tiene la impresión de que han sido lo suficientemente leídos y estudiados. Lo cierto, sin embargo, es que a pesar de la abundante bibliografía que existe, de los numerosos estudios y de las ediciones de sus obras, todos los integrantes de esa generación sólo han sido publicados y estudiados a medias. Como sucede con prácticamente todos los escritores que alcanzan la categoría de “clásicos”, son más homenajeados y admirados que leídos.
En ese sentido, una figura tan relevante como la de Antonieta Rivas Mercado goza hoy en día de mucha popularidad gracias a dos biografías suyas A la sombra del ángel, de Kathryn S. Blair, y Antonieta, de Fabienne Bradu, así como a una ópera, Antonieta, un ángel caído, de Federico Ibarra, y a una obra de teatro, Cita en Notre Dame, de Roxana Andrade y Vicente Ferrer. Desde hace un tiempo, Antonieta vive un fenómeno parecido al de Frida Kahlo y sor Juana Inés de la Cruz: sus atormentadas vidas despiertan mucho interés, son objeto de montajes y biografías que las trivializan pues se sustentan en interpretaciones parciales y hasta fallidas, principalmente porque muy pocos se han dedicado a leer con atención sus obras literarias (o, en el caso de Frida, sus Escritos, publicados por Lumen en 2007). Así que la atribulada vida de Rivas Mercado causa mayor atracción que su obra literaria pues, por si fuera poco, ésta no ha sido publicada en muchísimo tiempo: la última edición que se publicó fue una preparada por Luis Mario Schneider en 1981; edición, que además, hay que decirlo, es muy deficiente pues Schneider mutiló y alteró los originales.
            Otro caso semejante es el de la obra de Xavier Villaurrutia cuyo tomo de sus Obras apareció en 1966, hace exactamente 50 años, tiempo en el que han aparecido otros textos del poeta que muestran su veta como crítico de cine, algunos poemas y epigramas inéditos, y otros ensayos sueltos que en su momento no fueron recogidos en ese tomo. Y lo mismo puede decirse de los tomos de las obras que conocemos de Gilberto Owen en las que faltan la mayoría de las fabulosas cartas de amor que le escribió a Clementina Otero y otros textos que han localizado algunos investigadores, entre ellos, el propio Vicente Quirarte; las de Jaime Torres Bodet, pues las que él mismo compiló como Obras escogidas (Fondo de Cultura Económica, 1961) son apenas un mínimo porcentaje de lo que realmente escribió; o en el caso de Elías Nandino, cuya obra poética aún está por leerse completa.
            A esa lectura parcial y desinformada de la generación vanguardista viene ahora a abonar el reciente libro Los Contemporáneos en El Universal (Fondo de Cultura Económica, 2016) que reúne algunos de los textos que Jorge Cuesta, Salvador Novo, Jaime Torres Bodet y Xavier Villaurrutia publicaron en ese rotativo que en octubre pasado cumplió 100 años de vida periodística. Y es que sucede que, por una parte, la mayoría de los textos reunidos en este libro ya se conocen pues se encuentran compilados, por ejemplo, en las obras de Jorge Cuesta y Jaime Torres Bodet. Y, por otro lado, se hacen muy evidentes los textos faltantes: es el caso de uno de Salvador Novo con el que entró al final de la polémica “La virilidad en la literatura mexicana” (“Algunas verdades acerca de la literatura mexicana actual”, El Universal Ilustrado, 19 de febrero de 1925) o también los textos que el mismo Novo leyó en la apertura y el polémico cierre del Teatro de Ulises (“Cómo se fundó y qué significa El Teatro de Ulises. Una conferencia preliminar de Salvador Novo”, El Universal Ilustrado, 17 de mayo de 1928; y “Punto Final”, El Universal Ilustrado, 14 de junio de 1928, respectivamente). En el caso de los hallazgos, como el caso de un ensayo de Villaurrutia, son tan pocos que se pierden en el monte de paja de lo ya conocido.
Sin embargo, la omisión más grave y notoria en Los Contemporáneos en El Universal sin duda es José Gorostiza. Quirarte, en su extensa presentación, en la que se encuentran parafraseadas algunas líneas de su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, no explica el porqué de esta ausencia tan evidente. Gorostiza debió figurar en este libro por la sencilla razón de que tuvo una columna llamada “Torre de señales” en El Universal Ilustrado entre finales de 1930 y principios de 1931, textos que también ya han sido recogidos por Miguel Capistrán en la Prosa (1969; Conaculta, 1995). La omisión tal vez no sea deliberada pues el gran poeta que ciertamente fue Gorostiza ensombrece su vertiente como crítico puntual y atento a los temas que interesaban a los Contemporáneos (la poesía pura, las novelas poéticas…).
Así, la investigación emprendida para publicar Los Contemporáneos en El Universal hubiera rendido mejores frutos si sirviera para alimentar todas las obras de los integrantes de Contemporáneos en una edición decorosa que los volviera a poner en las librerías y así hacerlos legibles de nuevo. De otra manera, este tipo de libros se convierten en libros totalmente prescindibles.

martes, 28 de febrero de 2017

En movimiento


Oliver Sacks fue un reconocido neurólogo inglés de origen judío. Y, además, era gay. Murió hace dos años, luego de publicar un artículo en The New York Times en el que anunciaba que padecía cáncer terminal, por fortuna, antes de enterarse le había acabado de escribir sus memorias, En movimiento (editorial Anagrama, 2015). En este libro Oliver Sacks cuenta muchos aspectos de su vida como hijo menor de una familia de judíos practicantes, como médico, como escritor de obras de divulgación científica, pero también sobre su vida como homosexual en unos tiempos en que no había tantas libertades para las minorías sexuales.

La primera pared con que se topó Oliver Sacks al confesarle a su familia que era gay fue su propia madre quien, citándole unos versículos de la Biblia, le contestó: “Eres una abominación”. Y desde entonces Sacks cargó con esa culpa, por eso no debe extrañar que en una ocasión confiese que llevaba 35 años sin tener relaciones sexuales. Oliver Sacks nació en 1933, de manera que en los años cincuenta y sesenta, en su plena juventud y con los deseos sexuales a flor de piel, podría pensarse que los vivió plenamente pero he aquí que todavía en esa época la homosexualidad era ilegal en Inglaterra, según una ley bajo la que habían sido condenados Oscar Wilde y el matemático Alan Turing, así que esa fue otra barrera en contra de su sexualidad.

Aunque en la foto de portada (y en otras de los interiores) se le ve guapo y masculino, montado en una motocicleta, vestido con jeans y chamarra de cuero, al estilo de James Dean, en realidad Oliver Sacks confiesa que era demasiado tímido. De allí que también que sus relaciones amorosas no fueran nada satisfactorias: primero se enamoró de un amigo heterosexual, al que le confesó sus sentimientos pero éste le contestó que no era como él; y lo mismo sucedió con otro chico junto con el que hacía deporte. No sólo vivió insatisfecho su sexualidad sino que además sus relaciones amorosas nunca se consolidaron. Sólo al final de su vida, según cuenta en otro librito, De gratitud (editorial Anagrama, 2016), mantuvo una relación con el escritor Bill Hayes.

Las pasiones de Oliver Sacks fueron otras, como su afición a las motocicletas y a los viajes montado en ellas, viajes en los que conoció a gente muy pintoresca y por los cuales se mantenía “en movimiento”, es decir, vivo; y sus éxitos se dieron en su rama: la neurología, al grado de que la reina Isabel II lo condecoró como Comandante de la Orden del Imperio Británico. E, incluso, uno de sus libros, Despertares, fue adaptado al cine y protagonizado por Robin Williams y Robert De Niro. La parte íntima puede ser incompleta pero al menos en la profesional, Oliver Sacks fue una eminencia.

sábado, 25 de febrero de 2017

Negros que se caen de azules


El protagonista de Moonlight (dir. Barry Jenkins, 2016) pertenece a una minoría dentro de otra minoría: es un hombre gay y además afroamericano, por si fuera poco, es criado por una madre drogadicta en un suburbio empobrecido de Miami. Este filme es un crudo drama divido en tres partes que corresponden a tres etapas de la atormentada vida de Chiron: de niño, cuando lo apodaban “Pequeño” por indefenso, el que no se sabía defender de los demás y vive casi en el abandono familiar; ya adolescente, es llamado por su nombre pero tiene que soportar el ambiente hostil de los gandules de su escuela; finalmente, en la madurez es Black y cambia radicalmente, ahora es de apariencia ruda para poder sobrevivir en un ambiente rodeado de violencia, donde se impone el más fuerte aunque únicamente sea en el aspecto. Pero si se vuelve musculoso sólo es para esconder mejor sus sentimientos pues en el fondo lo siguen atormentando, sigue siendo el niño débil, el mismo muchacho que era acosado por sus compañeros de escuela y que ahora no se atreve a confesarle a su amigo la verdadera razón por la que ha ido a buscarlo.

Esta película está basada en la obra de teatro de Tarrell Alvin McCraney, Moonlight Black Boys Look Blue, y fue adaptada por el propio director para llevarla a la pantalla grande. Chiron encuentra a un protector en Juan, un hombre de origen cubano de aspecto monumental comparado con el pequeño y tímido niño, y es él quien le cuenta que una noche al salir corriendo alguien le dijo: “Con la luz de la luna los negros se ven azules”, de manera que para seguir con el tono poético del título original se puede parafrasear al poeta Carlos Pellicer y decir que hay negros que se caen de azules. Chiron también quisiera huir corriendo sin dirección toda la noche pero con tantos atavismos a cuestas su destino parece marcado.

Juan no sólo es su protector y consejero en los aspectos más íntimos de la vida, también es el sustituto de un padre de quien nunca se explica su desaparición, sólo se asume que hay una figura paterna ausente pero de la que nunca se ven fotos ni se presentan ecos a lo largo del filme. Junto con Juan está su amante, Teresa, quien no pocas veces asume el papel de una segunda madre del niño callado y melancólico. Ambos sacan poco a poco a Chiron de su autismo, le dan lo que no puede encontrar en ningún otro lado (consejos, orientación, seguridad y hasta un refugio una noche en que su madre le pide no estar en casa) y así encuentra la familia que ya ha quedado muy claro que no tiene. Lo único que Chiron necesita es sentirse querido pero sobre todo a alguien que lo proteja de las hostilidades del mundo: en una escena llena de simbolismos y por lo tanto muy significativa, Chiron se protege tras un enrejado de la escuela para no salir al patio donde deberá enfrentarse con un compañero que lo ha retado a liarse a golpes, acto seguido aparece su amigo Kevin para contarle una anécdota sexual. En Kevin también buscará esa protección y con él tiene su primera y única experiencia homoerótica realmente placentera al grado de sacarle una de sus pocas sonrisas y de tener un par de sueños húmedos. Sin padres, sin Juan y sin Teresa, será a Kevin a quien finalmente recurrirá en una larga y desolada escena final de silencios incómodos, miradas tristes y llena de tensión sexual.

Chiron crece en un entorno social con muchas limitantes, donde las oportunidades de crecimiento son pocas: Kevin sólo puede convertirse en un buen cocinero luego de salir de la cárcel (como se sabe, los afroamericanos representan el mayor porcentaje poblacional en las cárceles de Estados Unidos). Y también Chiron es encarcelado, en su caso al salir sólo aspiró a ser lo que era Juan: un narcotraficante. Así, entre la violencia, las drogas, los padres prácticamente anulados, la pobreza, el acoso y la exclusión lo llevan a ser inseguro, reservado pero, sobre todo, a autoreprimirse sexualmente. El espectador no puede ser indiferente a toda esa avalancha emocional, tampoco puede ser ajeno a los profundos sentimientos del protagonista pues si algo consigue hacer una película tan estrujante como Moonlight es que haya esa calidad de empatía con el otro.

Además de múltiples reconocimientos y excelentes críticas que ha recibido, Moonlight ganó el Globo de Oro como Mejor Película Dramática y ahora está nominada a varios Oscar incluidas categorías tan codiciadas como Mejor Película, Mejor Actor de Reparto así como en otras seis categorías, y de esa manera se ha impuesto como una seria rival de La la land. Después de las severas críticas a una entrega pasada en la que no hubo ninguna nominación para una película o actor de raza negra y por lo cual se le calificó como “Oscar so white”, la próxima ceremonia del 26 de febrero será una reivindicación con la comunidad afroamericana (también está nominado al Oscar un documental sobre el escritor James Baldwin, I am not your negro). En el caso de Mashehala Alí, quien interpreta a Juan, está nominado como mejor actor de reparto y busca el ansiado Oscar para catapultar su carrera, como le sucedió a otros actores en papeles catárticos que tanto le gusta premiar a Hollywood (y si son gays, mucho mejor): es el caso de Tom Hanks con Filadelfia, Hillary Swank con The boys don cry, Heath Ledger con Brokeback Mountain, Sean Penn con Milk, Philip Seymour Hoffman con Capote

Otro gran mérito de Moonlight es contrarrestar el blanqueo (“whitewash”, como lo llaman en inglés) en las películas gays, es decir, cintas que son protagonizadas por actores blancos en papeles de hombres gays, como sucedió en la polémica Stonewall (dir. Roland Emmerich, 2015), donde se crean personajes ficticios para desplazar a los gays de color y los travestis latinos que realmente iniciaron en 1969 la célebre revuelta de Stonewall Inn del Greenwich Village neoyorquino, suceso que dio pie a las Marchas del Orgullo Gay. Además, el poderoso mensaje de esta película tiene una enorme vigencia si se piensa en los constantes ataques policiacos a la comunidad afroamericana en Estados Unidos que, por lo que se vislumbra, se intensificarán con la supremacía blanca que representa Donald Trump y su gabinete “so white”.

martes, 31 de mayo de 2016

Furias divinas

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Eduardo Mendicutti, Furias divinas, Tusquets, 2016.

La novela más reciente del escritor español Eduardo Mendicutti, Furias divinas cuenta la historia de un grupo muy variopinto de drag queens que por la crisis económica en que está sumida España se encuentran desempleados y deciden emprender la aventura de un nuevo centro nocturno, el Garbo, donde cada uno da su show de acuerdo con su temperamento y su intrepidez. Así, en La Algaida, un pueblo andaluz que se ha convertido en el escenario mítico de las novelas de Mendicutti, el grupo escandaliza en el escenario del Garbo pero también pronto emprenderán una incursión revolucionaria para reivindicar a los marginados. Y es que un día se enteran que habrá una gran fiesta llamada pomposamente “Baile de las diademas” ofrecida por una antigua marquesa y eso les parece ofensivo: mientras algunos no tienen trabajo o hasta son echados a la calle de sus casas, a otros la crisis no les ha modificado sus ostentosas tradiciones.

En Furias divinas, Mendicutti reivindica a las locas osadas que nos dieron visibilidad y nombre en este mundo, que con su osadía política, su desparpajo organizado, su espíritu revolucionario hicieron que hoy en día todos cuanto quieran puedan salir a las calles sin temor alguno, tomados de las manos o besándose en plena avenida. Ese espíritu combativo que algunos ya no vieron o que han olvidado, encuentra su lugar en las páginas de Furias divinas, porque sigue siendo tan actual como en los años sesenta y setenta, porque en todo momento hay que tomar una postura política, porque hay que reivindicar nuestra sexualidad en cada momento y en cada acto (por eso los homosexuales mexicanos que salían en las primeras marchas gays tenían una consigna: “¡No hay libertad política sino hay libertad sexual!”).

Uno de los rasgos característicos en las novelas de Mendicutti es su gran sentido del humor, es por eso que la hilarante Furias divinas me recuerda a otras novelas suyas como Siete contra Georgia, Una mala noche la tiene cualquiera y Ganas de hablar. Porque en Furias divinas los personajes (la Divina, la Marlon-Marlén, la Furiosa, la Canelita y la Tigresa de Manaos) van contándose sus penas y aventuras mientras organizan el asalto a la lujosa fiesta, pues justo el humor de Mendicutti reside en su grandiosa habilidad con el lenguaje, como un río incontenible de disparates y sin sentidos que vuelven a toda esa caterva de locas maravillosas, intrépidas, osadas, en unos personajes realmente entrañables.

lunes, 30 de mayo de 2016

Fabián y el caos


Pedro Juan Gutiérrez, Fabián y el caos, Anagrama, 2015.

La novela más reciente del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez, Fabián y el caos cuenta la historia de dos personajes tan antagonistas pero a la vez complementarios entre sí: Fabián y Pedro Juan, una especie de doble del autor. El primero es un pianista homosexual, hijo único de un matrimonio de españoles llegados a la isla caribeña con la esperanza de una mejor vida, y el segundo es un heterosexual mujeriego que siempre huye de los compromisos matrimoniales a los que quieren obligarlo porque su máxima en la vida es “no detenerse”. Los dos coinciden en la secundaria y luego de presenciar una escena en la que Pedro Juan da muestras de su virilidad, Fabián cae perdidamente enamorado de su impetuoso compañero.
En el imaginario colectivo tenemos siempre presente una imagen de la homosexualidad en los años setenta: la de los jóvenes rebeldes con abundante bigote, vistiendo pantalones de mezclilla, playeras blancas que marcan el brazo fornido, mientras caminan despreocupadamente por la calle; en suma, los años del movimiento de liberación gay. Esa imagen, sin embargo, no se repetía en las calles de Cuba pues pronto a casi toda actitud se le consideró “desviación ideológica”. Pedro Juan es la furia mientras que Fabián es la oscuridad: Fabián vive en un ambiente cerrado, en una casa cuya decadencia aún guarda un aire de su antigua aristocracia y con unos padres sempiternos que lo perdieron todo con la revolución cubana, si bien el autor yerra al repetir la idea de la madre sobreprotectora que vuelve gay a su hijo; por su parte, Pedro Juan vive libre, sin ataduras, siempre transgrediendo las normas que quieren atarle las alas.
Por un momento Fabián vive en su ambiente, rodeado de música clásica, y allá, a lo lejos, resuena el caos y el bullicio de la gente (de allí el título de la novela). En principio Fabián se salva de hacer el servicio militar obligatorio y encuentra un refugio en el Conservatorio de su ciudad, Matanzas. Pero las cosas cambian intempestivamente y no se salvará de se enviado después a una fábrica de carne de cerdo, ¿por qué motivo? Simplemente porque su vida cultural no iba acorde con los ideales revolucionarios. En la fábrica, Fabián es tratado como un inútil y el lugar semeja más a un campo de trabajos forzados que a un espacio para trabajar plácidamente. Y allí, entre mataderos de cerdos y grandes contenedores de aceite hirviendo, Fabián y Pedro Juan se reencuentran, aunque las cosas ya son muy distintas para cada uno. Las medidas fueron iguales para todos, jóvenes tanto homosexuales como heterosexuales, y su sexualidad se vio limitada, pero uno es más débil para enfrentarlas y el otro tiene el impulso para saltárselas y, en general, se las ingenia de alguna manera para vivir entre tantas adversidades.

El autor va introduciendo poco a poco el ambiente en el que viven: la corrupción generalizada, las libertades restringidas, la creciente pobreza, las carencias en todos los ámbitos y la exclusión social para quienes no comulgaban con los ideales de la revolución. Fabián y el caos es una estremecedora y a la vez emotiva novela, espléndidamente bien escrita, con sus dosis de humor gracias al habla de los cubanos y su característica dosis de realismo sucio (uno de los rasgos por el que es reconocido Pedro Juan Gutiérrez). Es, sobre todo, una deslumbrante novela que recrea un momento crucial para la juventud cubana, para que no olvidemos que en otros lados las libertades y los derechos no se consiguieron con tanta facilidad, para que no olvidemos que en otros tiempos y en otros lados las cosas no fueron tan fáciles para la diversidad sexual.

sábado, 28 de mayo de 2016

La chica danesa


David Ebershoff, La chica danesa, Colofón / Anagrama, México, 2015.

La reciente película La chica danesa está basada en la novela de David Ebershoff, originalmente publicada en inglés en 2000. A su vez, la novela es una recreación libre a partir de los diarios y la correspondencia que escribió Lili Eben y en los que cuenta la lucha que significó para ella dejar atrás la vida del pintor Einar Wegener para poder convertirse en la mujer que realmente era por dentro. De manera, que La chica danesa no es propiamente una biografía, como lo aclara Ebershoff en una nota final. Es, para decirlo sencillamente, una versión personal de la historia: “El lector no deberá buscar en esta novela una biografía detallada de la vida de Einar Wegener, y ningún otro de sus personajes guarda la menor relación con cualquier persona real, viva o muerta”, precisa Ebershoff.

Mientras la película se centra en la trama y en recrear los pantanosos paisajes daneses en los que creció Einar, en su novela Ebershoff se esmera en transmitir las emociones y sentimientos de los personajes: por ejemplo, las reticencias que Greta tiene cuando Einar empieza a vestirse como Lili, la opinión desfavorable que el propio Einar tiene de las pinturas de Greta, antes del éxito que tiene al retratar a Lili, o la repulsión que tiene Einar al ver su pene cuando se cambia para salir de un balneario parisino para mujeres y en el que ha pasado toda la mañana. Es decir, todo eso que no se puedo ver en la pantalla. Así, película y novela se complementan pues, sin duda, a quienes ya vieron la cinta protagonizada por Eddie Redmayne, ahora la novela les dirá un poco más de lo que realmente pensaban, sentían y se decían para crear un lazo tan estrecho al grado de que Greta sostuvo y ayudó a Lili en su transformación.


La chica danesa, de David Ebershoff, es una novela apasionada y conmovedora porque, a diferencia de la película (donde aparece una Lili tímida y a veces a expensas de las decisiones de Greta), presenta a Lili Eben como un personaje entrañable, con todos sus conflictos internos y luego determinada a hacer todo lo posible para cambiar de sexo, saltando los obstáculos de la medicina que en ese momento veía su disforia de género como un enfermedad. Pero también con la valentía al someterse a un experimento si se toma en cuenta que la medicina a mediados de los años veinte estaba en pañales para hacer una operación de reasignación de sexo y, no obstante, aún así Lili Eben se convirtió en la primera mujer transexual del mundo.