martes, 15 de enero de 2008

La invasión


Ricardo Piglia, La invasión, Anagrama / Colofón, Col. Narrativas hispánicas, No. 404, México, 2006, 194 pp.

El más reciente libro de Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1940) La invasión, realmente es el primero de su carrera literaria. En 1967 este volumen de cuentos ganó el entonces prestigioso premio de Casa de las Américas (Cuba), lo cual le dio cierta notabilidad en el ambiente literario latinoamericano a su autor.

Piglia ha añadido a esta segunda edición cinco relatos más: “El joyero”, “Desagravio”, “En noviembre”, “El pianista” y “Un pez en el hielo”. Así, se reúnen quince cuentos en total en los que se distinguen las minuciosas lecturas que Piglia ha hecho de Faulkner, Hemingway y Onetti, primordialmente, y de las cuales ha sacado las mejores características para emplear en su narrativa. Lo mismo ocurrió en su siguiente libro de cuentos Nombre falso (1975), por lo cual estos dos volúmenes están hermanados quizá sin pretenderlo. Sin embargo, a lo largo de su carrera literaria, que ya cuenta con novelas imprescindibles como Respiración artificial (1980) y ese deslumbrante anfibio llamado El último lector, Piglia se ha destacado por ser un inclasificable pues sus antecedentes directos dentro del canon literario son difíciles de dilucidar. Añadido a lo anterior, su alto nivel intelectual aún no le allega los todos los lectores que merece ubicándose en un lugar más cercano a los llamados escritores raros.

Los temas de estas historias oscilan continuamente: las pasiones impulsan a muchos de los personajes a situaciones en las que quizá nunca se verían si no estuvieran enamorados, la remembranza de los juegos infantiles y los fracasos de los marginados sociales. También se incluyen un par de ficciones históricas como el genial “Las actas del juicio” y “Mata-hari 55” sobre las actividades subversivas para derrocar a Perón. Es en el relato “La invasión”, que presta su nombre para titular el libro, donde aparece por primera vez Emilio Renzi, una especie de alter ego que después protagonizará Respiración artificial y hará una fugaz aparición hacia el final de la polémica Plata quemada (1998). En “La invasión”, al entrar a una diminuta celda Renzi invade la intimidad de dos presos de distintas razas, pero la intensidad y la fluidez con la que Piglia la escribe resisten hasta que surge el digno y asombroso final.

“Un pez en el hielo”, el relato con el que cierra el tomo y que hasta ahora había permanecido inédito, anticipa o, bien, puede ser un epílogo de ese otro libro genial de Piglia, El último lector (2005). Me explico: toda la historia, donde vuelve aparecer Renzi ahora persiguiendo y al mismo tiempo huyendo del fantasma de un amor mientras disecciona los últimos días de vida del poeta italiano Cesare Pavese, realmente es un pretexto para hablar de la escritura y en particular del diario de Pavese, tal y como lo hace en El último lector con la escritura de Borges, Kafka, Poe, Flaubert, Tolstoi y otros más. Aquí, Piglia vuelve a fusionar sus dotes de experimentado narrador y lúcido ensayista para demostrar porqué es uno de los escritores más vanguardistas.

Con La invasión, Piglia viene a confirmar su lugar—muy merecido, hay que decirlo—dentro de esa rara especie de escritores que Darío llamó “raros” y que hoy llamamos excéntricos, entre los cuales se cuentan Roberto Artl y Filisberto Hernández, tan apreciados por Piglia. Sin duda, Piglia es el mejor escritor argentino vivo y uno de los más sólidos de la lengua española de la actualidad.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Nadie es nada


Juan Manuel Roca, Las hipótesis de nadie, Alforja/ Conaculta-Fonca/ Instituto de Cultura del Estado de Durango, México, 2006, 117 pp.


“Nadie es la personificación de la nada”, sentenció en una de sus lecciones el maestro Abel Martín, según Juan de Mairena (según Antonio Machado). Esto lo sabe muy bien Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946), quien en 2005 ganó en su país el prestigioso Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura por la publicación de un libro con un título que seguramente habría gustado a ese dúo creado por Machado, Las hipótesis de Nadie.
Este libro asombroso conserva el tono que Roca ha logrado mantener a lo largo de toda su obra poética. A ello se refiere el gran poeta chileno Gonzalo Rojas, en el prólogo a Cantar de lejanía, una antología abundante del trabajo de Roca publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2005. Dice Rojas: “Poeta mío entre los míos, lo que más celebro en él es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo, el tono, el tono, como dijo Vallejo, el epicentro de decir el Mundo”. Para concluir con una sentencia que no puede dejar de tomarse como un elogio: “Me hubiera gustado escribir muchos de sus textos. Tanta es la afinidad entre visión y lenguaje entre los dos”.
Me parece que el germen de Las hipótesis de Nadie se encuentra, primero y de forma muy evidente, en la Odisea homérica donde Ulises se convierte en ese Nadie que todos ven pasar a un lado ignorándolo; y, por otra parte, en el poema “Breve historia de Nadie” del libro Pavana con el diablo, que Roca publicó en 1990:


Dice el señor Nabokov que la literatura no nació cuando un niño de una valle del Neandertal llegó gritando: ¡Un lobo!, ¡un lobo!, y tras de él, cuatro patas al aire, un lobo gris blandía su lengua chasquante.
Dice, mejor, que la literatura nació cuando un niño de un valle del Neandertal llegó gritando: ¡un lobo!, ¡un lobo!, y tras de él nadie venía.
Desde entonces, nadie es un eterno personaje, un fantasma en los valles del poema.


Dieciséis años después, en Las hipótesis de Nadie, Roca ampliará a detalle esta poética del Nadie. Aunque el poeta sólo cree aventurar, modestamente, algunas hipótesis sobre la invisibilización de nuestro próximo más cercano por parte de la propia sociedad, lo cierto es hace reflexionar sobre una de las tantas pequeñas vilezas del hombre como es la inhumana indiferencia —actitud tan posmoderna— ante las catástrofes de la propia humanidad. La poesía de Roca es un gesto de reivindicación del ser humano, tratar de sacarlo de su aletargamiento, de su indiferencia, de su voluntaria ignorancia; léase, si no, ese poema estremecedor llamado: “Una carta rumbo a Gales”. Así que, me parece, Las hipótesis de Nadie pueden leerse como si de una nueva forma de poemas comprometidos se tratara: el ser humano como un fantasma en los valles del poema.
Roca sabe que diario, caminando por la calle, podemos encontrarnos con Nadie, pero ¿quién puede negar que nosotros no seamos ese Nadie con el que otros se encuentran? Nadie es, puesto que todos quieren ser Alguien. El mundo poético de Roca sucede donde reina en el caos, todo es delirante y la individualidad ha desaparecido. Mientras escribo esto me encuentro en alguna página con un despectivo nombre genérico: “Andaba todo andrajoso, como si fuera un hijo de nadie”. Lo paradójico del caso es que, a fuerza de querer ser Alguien, todos acabamos siendo Nadie. Todo esto es lo que hace de Las hipótesis de nadie un libro deslumbrante.
Junto con Jaime Jaramillo Escobar, Elkín Restrepo, Harold Alvarado Tenorio y Darío Jaramillo Agudelo, Juan Manuel Roca es, sin duda, una de las voces más interesantes de la actual poesía colombiana.

martes, 13 de noviembre de 2007

Cría cuervos...

Daniel Krauze, Cuervos, Planeta, México, 2007.

En Cuervos, su primera novela, Daniel Krauze (Ciudad de México, 1982) retrata la vida de la clase alta capitalina a través de las vivencias de un grupo de amigos en perenne actitud adolescente (¡un Easton Ellis que vive en México!). Es convencional, con escasos recursos narrativos y sin estilo propio, además de tener un argumento predecible. Si Krauze pretendía hacer una crítica de su clan, ésta resulta decepcionante por cursi y no pocas veces sentimentaloide.

En Cuervos, se revela lo aburrida que es la vida de estos muchachos de la alta sociedad mexicana: van a la misma escuela desde niños, conocen a las mismas personas desde entonces, tienen a los mismos amigos y a las mismas novias o novios, incluso los intercambian porque no hay mucho de dónde escoger: “Una foto mía de preprimaria, junto a Ana —con la que corté hace un par de meses—, aparece en la pantalla”. Y, claro, todo lo tienen al alcance de la mano, así que para no aburrirse pasan horas enteras frente a los videojuegos. Quizá por eso las anécdotas más excitantes que pueden vivir las deban al sexo, el alcohol y las drogas.


*Para leerla completa, en: Replicante 13, noviembre de 2007-enero de 2008.

lunes, 29 de octubre de 2007

Las ideas y la voz de Jelinek

Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, Gato negro, Colec. Peces de papel, Selec. y Pról. Hedwig Weber, México, 2007, 205 pp.

Pocos días antes de “recibir” el premio Nóbel de Literatura en 2004, Elfriede Jelinek (Austria, 1946) fue objeto de un largo homenaje en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes (y escribo “recibir” dado que por su conocida fobia social no fue a Estocolmo a recibirlo propiamente dicho). Al final del acto se transmitió un video de Jelinek grabado exclusivamente para presentarse esa noche: se refirió, por ejemplo, a la Ciudad de México como el lugar que nunca pisaría pues si no puede relacionarse con un grupo de personas, mucho menos podría hacerlo con los 20 millones de habitantes de esta gran urbe, y condenó los crímenes de odio en Ciudad Juárez, Chihuahua. Ahora, con la edición exclusiva para México de la reunión de algunos de sus ensayos escritos en los últimos años (de 1997 a 2006), confirmo mi impresión de que Jelinek tiene una particular atención por nuestro país. Lo dicho en ese video está ahora en el texto fragmentado con que cierra La palabra disfrazada de carne.

En su introducción, Jelinek explica por qué esta es una edición exclusiva para México: para empezar, no permitiría que estos ensayos fueran reunidos en alemán (un gesto tan propio de Bernhard quien prohibió la publicación de su obra en su país por muchos años contando a partir de su muerte). Luego, porque no hay una ninguna correspondencia profunda entre uno y otro dado que los temas son como objetos que, dice, ha “escogido” de forma arbitraria no para describirlos ni mucho menos para analizarlos si no simplemente para circunscribirlos (a esto también hace referencia el compilador, Herwig Weber, cuando confiesa la dificultad para organizarlos en el tomo: “el objeto es difícil de capturar y se esfuma, los temas interactúan en los ensayos de la premio Nóbel y el conjunto de sus textos crea una red de temas y caminos que el lector decidirá si recorre o no”). Pero fuera de ese contexto, en otra lengua, en otro país y delegada la responsabilidad de ponerles un orden, entonces sí pueden reunirse y viajar dado que su autora no sale siquiera de casa.

“Naturalmente estoy acostumbrada a los ataques, después de haberme expresado en ocasiones acerca de temas políticos en forma demasiado polémica”, confiesa Jelinek en el texto final. Sobre esto último, por ejemplo, acusó al gobierno austriaco de querer minimizar su relación con los nazis lo que la ha convertido en la más polémica de los premios Nóbel de Literatura. Así, las ideas en estos ensayos son igual de estremecedoras que las expresadas, no sin su característica ira, en novelas como Los excluidos, La pianista, Las amantes, Deseo y más recientemente en Bambilandia. En medio del coro de adulaciones que se suceden sin parar en los temas más importantes de la humanidad, la congruencia intelectual, es decir, la voz radical y transgresora de Jelinek incomoda a muchos pero para otros, unos cuantos apenas, es necesaria: sólo ella, y acaso Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, alzó la voz contra la guerra en Afganistán primero y luego en Irak, en un libro tan divertido como shockeante, Bambilandia.

A diferencia de muchos otros ensayistas que pontifican verdades absolutas en un tono soberbio, Jelinek sólo apuesta por una independencia artística que le ha permitido decir, escribir y hacer realmente lo que ha querido sin darle importancia a las consecuencias. Libre de cualquier atadura social, como lo ha demostrado fehacientemente en múltiples ocasiones, Jelinek, sin embargo, no sólo no sentencia verdades en estos ensayos si no que incluso critica ese afán tan postmoderno por ser portavoces de la verdad (recuérdese: ella sólo delimita sus objetos, nunca describirlos o analizarlos). Esta libertad intelectual le ayuda para abordar los más variados temas en estos 17 ensayos: desde hablar de su muy particular estilo de escritura y lectura, obras literarias y escritores como Kafka, Brecht y Ionesco, hasta el cine y la ópera (adaptó la cinta Lost Highway, de David Lynch y Barry Gifford, a ópera), su otra gran pasión, la música, y hasta un discurso de apertura de un hospital siquiátrico.

La palabra disfrazada de carne, el título más jelinekeano que haya puesto a uno de sus libros, incluye el discurso de recepción del premio Nóbel de Literatura, “Fuera de lugar”, donde habla de su exilio de la realidad pero también de cómo ésta se infiltra en la obra del creador y lo aparta. Crítica comunista, sorprende que Jelinek sea una escritora comprometida cuando la imagen que proyecta sea la de una misántropa que odia a la humanidad entera, tanto que ni siquiera se relaciona con ella. Jelinek, estoy convencido, es una filántropa frustrada (de seguro no le gustaría esta aseveración mía tan tajante), pero de otra manera no se explica que admita que la lengua –esa lengua que ella destroza y flexibiliza en su obra– nada debe poder hacer contra esta realidad brutal.

Para terminar un par de gestos más: Jelinek ha pedido a sus editores que las ganancias de su libro sean donadas a la APPO y es probable que luego de dejar su tratamiento de antidepresivos así como vencer su fobia social venga a México. Aquí ya la esperamos un reducido pero estruendoso grupo de admiradores.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La cebolla y el ámbar


Günter Grass, Pelando la cebolla, Alfaguara, México, 2007, 445 pp.

A punto de cumplir ochenta años, el escritor alemán, Günter Grass (Danzig, 1927), publicó el año pasado este primer tomo de sus memorias, Pelando la cebolla, que tanta polémica suscitaron por, como él dice, “haber guardado silencio” sobre esos temas que aún hoy en día siguen causando revuelo en el pueblo alemán. Para empezar porque Grass es honesto consigo mismo: desde la primera página advierte lo fácil que sería encubrirse en la tercera persona (“fue, vio, hizo, dijo, calló…”) para hablar de esos temas espinosos: de esa manera evadirlos, darles una importancia menor, dejar de adjudicarle a ese otro que fue la responsabilidad de sus decisiones.


Por eso, cuando se llega al capítulo donde relata cómo, cuándo y a dónde fue, a los quince años, a enrolarse voluntariamente a las Juventudes Hitlerianas, Grass no teme en ser él quien tome la voz. De hecho para eso escribió Pelando la cebolla, para que nadie lo relate a su manera, para que nadie desgaje esa cebolla o consulte el ámbar en su lugar y, así, no haya interpretaciones. Grass quiere ser quien cuente esto. Aunque el muchacho que fue quisiera escudriñarse bajo esa licencia literaria, aquí está este Grass, el que es actualmente, el que asume, firme, las acusaciones que ya prevé. Pero, de ninguna manera, quiere justificarse: “Lo que hice no puede minimizarse como tontería juvenil”, dice, o: “ni se puede decir siquiera: ‘¡Es que nos sedujeron!’”, o lavarse las manos acusando “sustitutivamente a la culpa general”.


En esa interlocución entre el joven y el hombre, éste último simplemente asume por entero lo de ambos: “mis cuitas no son las suyas; lo que no quiere ser vergonzoso para él, es decir, no lo oprime como vergüenza, tengo que sudarlo yo, que estoy más que emparentado con él”. De la lectura de esas páginas deduzco que fue la ilusión juvenil por sobresalir, el deseo de ser alguien (un impulso tan arrebatador que no se puede contener), lo que llevó al joven Grass a ser partícipe de una guerra que les hicieron creer que ganarían. Sí, aunque faltaba muy poco para la derrota alemana, Grass se enroló en las juventudes nazis, obtuvo entrenamiento militar, creyó, como muchos, en el Führer y en el discurso Nazi, y fue soldado de las Waffen-SS, sin embargo, ningún sensato se atrevería a acusarlo hoy de antisemita, colaboracionista o pronazi: sólo esos otros fanáticos podrían hacerlo.


Hay una imagen que se le agolpa en la cabeza cuando continúa la escritura de estas magistrales memorias. Es la de un joven de “barbilla, boca, nariz, frente, dibujados con un solo trazo”, por lo cual merecía “la calificación de ‘pura raza’”, a quien “hubiera habido que darle las máximas calificaciones” y que “hacía sin rechistar lo que se le pedía”. Sin embargo, fue golpeado e insultado por sus compañeros, hartos de soportar los castigos que todos debían pagar por su acto repetitivo de cada mañana: al momento de darle el fusil con el que entrenaban, él lo dejaba resbalar sin razón aparente de sus manos para terminar mascullando “Nosotrosnohacemoseso”. La imagen de ese joven dejando caer su arma no se corresponde con la que Grass le asignaba dado sus características arias y entonces es aquí cuando todo se le revela y Grass duda del discurso: “Su actitud nos cambiaba. De día en día se desmoronaba lo que antes parecía firme”.


Un ejercicio magistral de la memoria, Pelando la cebolla, sin embargo, es más que este polémico acontecimiento. También otros son los sucesos que marcan a quien en 1999 recibió el premio Nobel de literatura: la presencia tutelar de la madre, quien le transmite su gusto por la lectura y la pintura, y gracias a la cual aprende a cobrar las deudas de los compradores en la tienda familiar; el odio profundo por el padre y la indiferencia ante la huidiza hermana y, finalmente, la huida ante el bombardeo y saqueo de su ciudad natal, el exilio en París, y el proceso de escritura de El tambor de hojalata¸ su novela más importante.


Aunque Grass recuerda no haberse cuestionado sobre algunos hechos que pasaban en sus narices, aquí se interroga a sí mismo sobre cada suceso, constantemente recurre a los ámbares para que le develen lo que quedó encapsulado, poco a poco y capa por capa va pelando la cebolla sobre la que se ha acumulado el polvo, para ser fiel en la sucesión de los acontecimientos, ¿qué realmente pasó?... pero esas son imágenes en las que finalmente no se podrá leer ningún pensamiento, no habrá explicación posible.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Eclipse sobre Montevideo

Alfredo Fressia, Eclipse. Cierta poesía 1973-2003, Alforja / Conaculta-Fonca, Col. Azor, México, 2006, 142 pp.

Por primera vez se publica en México una muestra de la obra poética de Alfredo Fressia (Montevideo, Uruguay, 1948) bajo el título de Eclipse. Cierta poesía 1973-2003. A lo largo de estos treinta años, se pueden percibir los varios temas que atraviesan los poemas de Fressia. Eclipse está dividido en cinco secciones que dan muestra de esta poesía llevada a cabo discretamente en un lapso de tres décadas: “Cuarenta poemas”, “El Uruguay y El Plata”, “El futuro”, el poema “Obediencia” y su más reciente producción “Eclipse” del año 2003 que presta su nombre para titular esta compilación.

En todos y cada uno hay un homoerotismo latente que se hace más evidente en el largo e intenso poema “Obediencia”. Allí Fressia remite al lector a uno de sus primeros cuarenta poemas con los que se abre el libro: “Bello Amor”, en el que ya habla del “memorial de hombres que me amaron”. Fressia escribió un poema como “Obediencia” con intensidad, una fiereza que le da un tono desapasionado gracias al cual pareciera que los amantes furtivos acaban despedazándose mutuamente. En la poesía homoerótica de Fressia no hay concesiones para el amor. Por su parte, en Eclipse, su más reciente poemario, la metáfora lleva a una poética regida por un tiempo (por el Tiempo, mejor dicho), en el que Fressia va cayendo al tomar conciencia de que los momentos más gloriosos pasan fugaces.

Pero es en “El Uruguay y El plata” y en “El futuro” donde Montevideo aparece como la ciudad que Fressia lleva a cuestas a donde quiera que vaya. Aunque la dictadura militar en Uruguay duró poco más de una década, desde entonces Fressia decidió instalarse en Sao Paulo y sólo regresar a su ciudad natal esporádicamente, y así ya han pasado poco más de tres décadas. Es aquí, pues, donde el poeta uruguayo pone lo mejor de sí, escribe con una seguridad inquebrantable que le permite la parodia, la sorna y, sin embargo, sale muy bien librado.

Se podría decir que la poesía escrita en el exilio tiene ciertos rasgos en común, independientemente de la nacionalidad del desterrado. Los escritores exiliados suelen exaltar, con esa añoranza que les da la distancia y el tiempo, la tierra dejada intempestivamente (además la lengua y el otro yo que se deja en aquél lugar). Así, la obra poética de Fressia no es la excepción cuando se trata de evocar el lugar abandonado no por voluntad propia. Sin embargo, en la mayoría de los poemas de Fressia, Montevideo en particular, y el Uruguay todo, es tratado con una ironía demoledora, la ciudad es motivo de escarnio y no como el idilio perdido (visión común entre los desterrados), según puede apreciarse en este poemita en prosa:

    Hay que tener mucho cuidado para hablar de Montevideo porque es una ciudad de dolor. En Montevideo siempre se sufre un poco más que en el resto del mundo.

Luego, si se toma muy en cuenta que el deporte nacional de los uruguayos es maldecir todo lo del Uruguay, según se dice coloquialmente en aquél país, entonces se entenderá el tono malicioso con que están escritos muchos de los poemas reunidos en Eclipse. Cierta poesía 1973-2003. Esto quizá se deba a que en algunos países del cono sur, no tienen esa filiación nacionalista como la tenemos, por ejemplo, los mexicanos, debida a la carencia de raíces prehispánicas que exaltar:

    Montevideo era un puesto militar de avanzado en el Río de la Plata y nació sin nombre: Monte VI de Este a Oeste. San Felipe se había adormecido y Santiago tuvo un sobresalto. Entonces Montevideo conoció el tedio y la guerra—innombrables—y ya nunca tuvo calma.

De tal manera que si los mismos montevideanos reconocen esta carencia, entonces resultará curioso (y hasta legítimo), que un poeta como el brasileño Murilo Mendes, advierta esa no-identidad nacional en un poema y de entrada diga que “El Uruguay es un bello país de América del sur limitado al norte por Lautreamont, al sur por Laforgue, al este por Supervielle. El país no tiene oeste”. Lautremont, Jules Laforgue y Jules Supervielle, los poetas en lengua francesa nacidos en Uruguay, quienes pronto abandonarían su país natal, su lengua y nunca se sentirían uruguayos, son la muestra más fehaciente del sentir uruguayo.

Fressia es felizmente un incómodo, un eclipse sobre Montevideo porque, como lo recuerda continuamente, en Montevideo el pasado, el presente, el futuro y toda la eternidad pueden, o no, suceder en un mismo instante de manera tal que allí “siempre se sufre un poco más que en el resto del mundo”.

* Publicada en la revista Alforja, Núm. 40, primavera de 2007.

martes, 11 de septiembre de 2007

Elogio del vicio y la abyección


Marcel Jouhandeau, Tiresias, Colec. La sonrisa vertical, Tusquets, Barcelona, 2006, 97 págs.

Me parece que para poder hablar, y entender, esta bellísima novelita, primero tendría que hablar un poco de la vida de su autor, Marcel Jouhandeau quien nació en Francia, en 1888, y murió en 1979. Desde su infancia fue educado en el catolicismo y toda su vida fue fiel creyente de su religión. Estudió en París en el instituto Henri IV primero y luego en la Sorbona, más tarde fue profesor en un colegio de Passy. Es de suponerse que esa profunda educación católica le causaba severos conflictos con su homosexualidad a la que sólo aludía en sus escritos donde se refería a ella como “el vicio”; es así como en 1914 quemó todos sus papeles y hasta intentó suicidarse. En 1949 se casó con una bailarina, Élise Caryathis quien era pariente de Jean Cocteau, otro escritor homosexual muy reconocido en su época.

Durante la ocupación Nazi en Francia, Jouhandeau militó en el nazismo y colaboró con el gobierno de Vichy. Poco antes, en 1939, escribió un libelo contra la homosexualidad llamado justamente, De la abyección, recién traducido y publicado en España. Por su parte, los textos en los que elogiaba esta condición, “el vicio”, como es el caso de Tiresias, los publicaba con seudónimo para que no supieran que él los había escrito y, más importante, que él era homosexual. Desde luego no eran los tiempos de la apertura sexual pero en esa época hubo otros escritores franceses que, no importando la opresión social sobre la homosexualidad, siempre se mostraron abiertamente, el mismo Cocteau y André Gide son claros ejemplos.

Tiresias, desde luego, toma su nombre del mito griego: Tiresias era hombre cuando en una vereda se encontró a dos serpientes entrelazadas, al separarlas se descubrió transformado en mujer. Así pasó siete años hasta que se volvió a encontrar con las serpientes a las que separó de nuevo con lo que volvió a ser hombre. Sin embargo, en un momento osó decir ante los dioses, Júpiter y Juno, que las mujeres obtienen más placer que los hombres a la hora de hacer el amor. La diosa Juno lo castigó con la ceguera, pero Júpiter le dio el don de predecir el futuro (Tiresias es la vidente que, según Sófocles en Edipo rey, Edipo consulta antes de encontrarse con la Esfinge).

Jouhandeau publicó Tiresias en 1977 bajo el seudónimo de Théophile, y sólo hasta 1988 apareció ya con el nombre auténtico de su autor. Ahora Tusquets la ha publicado en español en su excelente colección de literatura erótica, “La sonrisa vertical”, lo cual sin duda es un acierto pues es uno más de esos títulos geniales a los que nos tiene acostumbrados dicha colección (como es el caso de Diosa, una espléndida novela del cubano Juan Abreu, que se publicó allí mismo el año pasado). Es evidente, por lo demás, que Tiresias es una obra autobiográfica: en el sentido en que están contenidas varias vivencias que estoy seguro le sucedieron o, mejor dicho, de alguna manera retrata la forma en que Johandeau vivía su homosexualidad (no tanto porque cuente hechos verídicos). Por el tormento que le causaba su homosexualidad, como en muchos en esas épocas de hostilidad, Jouhandeau acudía a lugares lúgubres, abyectos, para mantener casi siempre relaciones sexuales con muchachos a los que debía pagar: “¡Qué delicioso mundo encuentro en este recoveco del mundo, tan injustamente tenido por infame!”, dice Tiresias, el personaje pero que bien pudo haber dicho el propio Jouhandeau. Después, sin embargo, todo eso le causaba repulsión.

Pero lo más importante tal vez sea que a la hora de escribir sobre esos, en apariencia, deleznables sucesos y actos, Jouhandeau los describía tan estéticamente, que es en verdad estremecedor y sorprendente; años más tarde también un magistral escritor francés, Jean Genet, basará mucha de su obra en la vida que vivió en los barrios bajos de París y Barcelona al lado de ladrones, travestis y prostitutas. Tiresias es, pues, un libro hermosamente escrito, de una belleza pasmosa porque es una belleza surgida de ese lugar lúgubre en el cual creemos que no hay nada hermoso que exaltar. Pero siempre habrá un cuerpo hermosamente apolíneo, una luz cegadora, una carcajada estentórea que resonará largo tiempo en nuestros oídos, en fin, un recuerdo que con la fuerza revitalizadora de la memoria llega a un punto poético excepcional.